Cuando somos pequeños pasamos nuestros años sin preocupaciones, jugamos hasta que nos cansamos, terminamos llorando por alguna caída o discusión con nuestros amiguitos o porque mamá no llama porque ya está bueno de calle. Si no es nuestras madres, es nuestro padre, abuelos o hermanos mayores, pero de no ser por esos motivos, se nos hacía de noche y nosotros distraídos viviendo con total tranquilidad y relajación.
Ya después de pasar a la juventud, nos olvidamos de tantos momentos vividos e inolvidables, nos enfocamos en el trabajo, la universidad, la familia y las parejas, pero ¿Por qué debemos alejarnos totalmente de disfrutar?, el tiempo libre desaparece para nuestro niño interior, incluso piensan en el qué dirán, si te ven jugando con otros.
Cuando nos damos la oportunidad, es cuando compartimos con nuestros hijos, sobrinos o niños cercanos, en ese momento revivimos esos momentos fantásticos que en algún momento vivimos. Reímos hasta más no poder, pero lamentablemente volvemos a esconder a nuestro niño interior. Si valoráramos y le diéramos la importancia de dejarlo libre para nuestra salud, ese niño interior nos mantendría más sanos, alegres y seguro, manejaríamos mejor las preocupaciones
Debemos tomarnos el tiempo para salir con amistades, ir a un parque a jugar pelotas, o uno mecánico y montarnos en los diferentes juegos, una playa y caminar mientras se juega con otros. Debemos retomar la diversión y mantener fuera esa alegría que nos caracterizaba de pequeños, de esta manera nuestro paso por esta tierra, será mucho más fácil de llevar.
En el adulto mayor el juego tiene impacto, ya que:
- Permite tener conexión entre el mundo y la realidad.
- Mejora la interacción y cooperación con otras personas.
- Retrasa la pérdida de capacidades cognitivas y motoras.
- Conecta sus recuerdos y vivencias.
- Retoma el control en su cuerpo y emociones.
- Estimula el proceso comunicativo.

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